21 diciembre 2013

Niño lindo, ante ti me rindo


Pillo un ordenador al vuelo para desearos una feliz Navidad con este  Niño lindo.

Hubo Navidad porque tenía que haberla, porque la necesitábamos mucho. Lo recordamos, la celebramos, porque la seguimos necesitando, mucho.
"¿Acaso tienes tú ojos de carne, o ves como el hombre ve?", le echaba Job en cara a  Dios. Y Dios,  que siempre escucha,  primero le soltó una bronca, pero después nos envió a su Hijo.
Porque nos hacía falta. Porque echábamos en falta que Dios nos mirara con ojos, como los nuestros, de carne. Dios entre nosotros, viendo como vemos, con ojos y corazón de carne.
Eso es lo que celebramos: Con tus ojos lindos, Jesús, mírame, y sólo con eso, y sólo con eso me consolaré... 

Oídlos, oídlas -y vedlas- cantar:  La pequeñita despeinada que está en Babia, la ricura de las gafas,  la que se retuerce el pelo, las solistas echando el alma, la más alta y su mano que tantea: "la vida, bien mío.."
(Del minuto 0:50 al 5:00 para los que van con prisa)

                            
El mismo villancico, una vez más, que sabemos que a este Niño le conmueven los pesados. Ahora  en versión  naïve :

 

Y el mismo otra vez, sin dejar de repetirlo. Vamoallá noch einmal con estos berlineses:
Con tus ojos bellos, Jesús,  mírame... Esa tu hermosura, ese tu candor... tierno infante... dulce amante... Niño Dios...



   Pues eso, Feliz Navidad para todos.                                          

16 septiembre 2013

Aunque amenazado, vivo. Resucitar, Christian Bobin (2)

Dejo de remendar la anterior entrada, que cada vez que la veo le pego un meneo, y vamos por otro parrafito de Ressusciter, por ejemplo este que me encanta. Una comparación de las que no se olvidan ya se lea al derecho o al revés, es decir -para no abrir el melón antes de tiempo: a como b, o b como a (a mí del revés, b como a, quizá porque tengo más a mano los b que los a, me gusta todavía más):
"Les bourgeons du tilleul se sont ouverts et les premières feuilles en sortent, petites et chiffonnées comme des mouchoirs d'enfant tirés du fond d'une poche."
"Los brotes del tilo se han abierto y salen de ellos las primeras hojas, pequeñas y arrugadas como pañuelos de niño sacados del fondo de un bolsillo."

Y finalmente, y ya lo dejamos, este otro. Torres y torres de cubos de colores, cada vez más altas, cada vez más vistosas. Empezamos a construir de chicos y ya no paramos; en vez de letras, apilamos palabras, razones, argumentos sesudos, cubos pro domo nostra -siempre pro domo, se trata de construir... Hasta que llega un viento, sobre todo el último, que eso ya es un ventarrón, y cataplum:
"Il y a toujours un instant où la parole d'un intellectuel, si savante soit elle, m'apparaît comme un empilement de cubes coloriés portant sur leurs faces, imprimées en gros caractères, les lettres de l'alphabet. Je ne l'ecoute plus alors, je me demande seulement quand la vie viendra taper du pied contre cette construction pour la faire s'effondrer, que se découvre enfin son architecte -l'enfant tyrannique et peureux, certain que, derrière sa muraille montant jusqu'au ciel, personne ne viendrait le chercher. C'est ainsi que m'apparaissait C. quand il me parlait de la mort en una langue précieuse, saturée par toutes les pensées de l'Orient et celles de l'Occident. La maladie vient de plonger une main dans sa gorge, il m'a écrit pour m'en informer et me dit simplement qu'il tremble: tous ses cubes se sont effondrés, il n'en a plus à sa disposition et je le découvre, bien que menacé, pour la première fois, vivant."
"Siempre hay un instante en el que el discurso del intelectual, por sabio que sea,  se me figura una pila de cubos de colores con las letras del alfabeto impresas sobre sus caras en caracteres gruesos. Dejo de escucharlo entonces, solamente me pregunto cuándo vendrá la vida a pegarle un puntapié a esa construcción para tirarla por tierra y dejar al descubierto a su arquitecto -el niño tiránico y miedoso, seguro de que, detrás de su muralla alzada hasta el cielo, nadie vendrá a buscarlo. De esa forma se me aparecía C. cuando me hablaba de la muerte en una lengua exquisita, saturada de todos los pensamientos del Oriente y los del Occidente. La enfermedad acaba de echarle una mano al cuello, me ha escrito para informarme y me dice simplemente que tiembla: todos sus cubos se han desmoronado, no tiene más a su disposición y lo descubro, aunque amenazado, por primera vez, vivo."

Christian Bobin, Ressusciter, Gallimard-Folio, 2001.

11 septiembre 2013

Resucitar, Christian Bobin (1)


Hoy que por fin llueve a mares, me parece un día estupendo para traer el texto que abre Ressusciter, uno de los dos libritos de Bobin que me tenía reservados para este verano, y es que Bobin ha pasado a formar parte, junto con el gazpacho y el ventilador, del kit de supervivencia veraniego (del segundo libro , La dame blanche - naturalmente Emily Dickinson-, ya hablaré otro día) Iba a decir que es el texto del que el libro toma el título, pero lo mismo podría decirse de los que le siguen.  Incluso me atrevería a decir que la obra entera de Bobin podría compilarse bajo ese título: "Resucitar":
"En el momento de la comunión, en la misa de Pascua, todos se levantaban en silencio, alcanzaban el fondo de la iglesia por un pasillo lateral, volvían después a pasitos lentos por el pasillo central, avanzando hasta el coro donde un sacerdote barbudo, con gafas de plata redondas, les daba de comulgar ayudado por dos mujeres con el gesto endurecido por la importancia de su tarea -ese tipo de mujeres sin edad que cambian los gladiolos del altar antes de que se pudran y cuidan de Dios como de un viejo marido fatigado. Sentado en el fondo de la iglesia y esperando mi turno para unirme al cortejo, miraba a la gente -sus ropas, sus espaldas, sus nucas, el perfil de sus rostros. Durante un segundo mi visión se abrió y fue la humanidad entera, sus miles de millones de individuos, lo que descubri en el fondo de ese río lento y silencioso: ancianos y adolescentes, ricos y pobres, mujeres adúlteras y niñas formales, locos, asesinos y genios, todos arrastrando los zapatos sobre las losas frías y desgastadas de la iglesia, como muertos que salieran sin impaciencia de su noche para ir a alimentarse de luz. Supe entonces lo que sería la resurreccion y qué calma asombrosa la precedería. La visión duró sólo un segundo. Al segundo siguiente recobré la vista ordinaria, la de una fiesta religiosa muy antigua cuyo significado se ha desvanecido y sólo perdura vagamente asociada a los primeros calores de la primavera."
A continuación dejo también el original para quien quiera y por si algún amable lector tiene una corrección o sugerencia, en particular sobre esas dalles bosselées a las que después de muchas vueltas he decidido mellar (Bosseler es trabajar algo a golpes para sacarle relieves, bollos, como se hace con el estaño, o como se repuja el cuero. Si hablamos de una fachada o un muro bosselée, es que tiene molduras o labrados, pero una carretera bosselée es una carretera con baches, y una piel bosselée es lo que aquí llamamos piel de naranja o con hoyos: irregularidades en suma, la cuestión es si para arriba o para abajo. Es decir, si las baldosas tienen relieves que los zapatos desgastan, como el tiempo los significados, o si están simplemente desconchadas). Baldosas aparte, la visión es fascinante: las gafas del sacerdote barbudo, esos aros de plata y cristal transparente como custodias sacramentales, las baldosas destartaladas como losas sepulcrales rotas, la fila de comulgantes transformada en la de la humanidad recién resucitada... Una visión fascinante y quizá no tan fantástica. A resucitar se empieza cada día:
"Au moment de la communion , à la messe de Pâques, les gens se levaient en silence, gagnaient le fond de l'église par une allée latérale, puis revenaient a petits pas serrés dans l'allée centrale, s'avançant jusqu'au choeur ou l'hostie leur etait donnée par un prêtre barbu portant des lunettes cerclées d'argent, aidé par deux femmes aux visages durcis par l'importance de leur tâche -ce genre de femmes sans âge qui changent les glaïeuls sur l'autel avant qu'ils ne pourrissent et prennent soin de Dieu comme d'un vieux mari fatigué. Assis au fond de l'église et attendant mon tour pur rejoindre le cortège, je regardais les gens -leurs vêtements, leurs dos, leurs nuques, le profil de leurs visages. Pendant une seconde ma vue s'est ouverte et c'est l'humanité entière, ses milliards d'individus, que j'ai découverte prise dans cette coulée lente et silencieuse: des vieillards et des adolescents, des riches et des pauvres, des femmes adultères et des petites filles graves, des fous, des assasins et des génies, tous raclant leurs chaussures sur les dalles froides et bosselées de l'église, comme des morts qui sortaient sans impatience de leur nuit pour aller manger de la lumière. J'ai su alors ce que serait la résurrection et quel calme sidérant la précéderait. Cette vision n'a duré qu'une seconde. À la seconde suivante la vue ordinaire m'est revenue, celle d'une fête religieuse si ancienne que le sens s'en est émoussé et qu'elle ne demeure plus que pour être vaguement associée aux premières fièvres du printemps."

Christian Bobin, Ressusciter, Gallimard-Folio, 2001.

21 julio 2013

Un día me fui del pago. José Larralde


Hace unos días, repasando por las entradas anteriores los libros de Kant de aquellos años lejanos, llenos de subrayados y notitas absurdas (por ejemplo esta: "Postulados-uso regulativo-no constitutivo" -por ejemplo, ya veis qué cosas, la idea o postulado del mundo-;  o esta otra: "antinomias/paralogismos" -que debía de ser algo de suma importancia porque estaba anotado en rojo,pero ya no sé por qué-),  me encontré una cuartilla con la letra de una canción.  La letra habla de un gaucho que se va del pago ... y aquí estoy, míreme usté.
Se me vino entonces a la memoria, de golpe, la escena entera: la tarde, la mesa, el tocadiscos (yes), la música sonando mientras me partía la crisma con el susodicho. Volví a verme con los libros delante y a escuchar el disco de Larralde, el del vozarrón, al fondo.
Ahora sé que hay más verdad en las coplillas de Larralde que en todo Kant. No sé si por entonces lo sabía, si es que empezaba a intuirlo, o si sólo me gustaba oírle. Creo que era otro de esos socorros a los que me agarraba mientras perdía pie. Kant es un encantador de serpientes, empiezas a bailar a su son -es tan brillante, tan perfectos sus engranajes, tan embaucador-  y terminas hecha un nudo en el fondo del cesto. Qué digo un nudo, Kant es el flautista de Hamelin en persona, empiezas a seguirle y hay un momento en el que das un solo paso más, uno solo,  y ya no vuelves. Del mismo modo que a veces me agarraba a los árboles  (había uno en el jardín de la Facultad, un árbol normalito con un tronco rugoso  -el de la ciencia del bien y del mal lo teníamos dentro-  con el que llegué a tener una relación muy estrecha),  de ese mismo modo me agarraba a Larralde.
Ahora me doy cuenta, pasa mucho, sólo al correr del tiempo vemos lo que nos socorría. El día que nos muramos estoy segura de que veremos cosas increíbles.

La letra de la canción decía:  Un día me fui del pago,/ la pucha que lo extrañé,/ salí buscando trabajo/ y aquí estoy, míreme usté.// Cuando uno sale al camino,/ es difícil de saber/ si podrá pegar la vuelta/ o morirá sin poder.// Cuanto más leguas se hacen,/ más quedan por recorrer;/ los caminos son pa' dirse,/  las penas son pa' volver.//  Un día me fui del pago,/ pero Dios ha de querer/ que no se me manque el zurdo/ sin llegar a Huanguelén...

El "zurdo" no es un caballo -o no sólo-, el "zurdo" es el corazón. El corazón, como bien sabéis, se nos puede "mancar" de muchas formas.
 Aquí está Larralde, benditos sean él y todo lo que en esta vida viene en nuestro socorro:



https://www.youtube.com/watch?v=w1lc8iJfqug

Y aquí os dejo esta otra, que no estaba guardada en el libro pero me hacía mucha gracia y me la sigue haciendo : "... porque tengo razón, que no tengo razón, que me falta un ojal, que me sobra un botón..."


16 julio 2013

Una marca sobre la tierra. Simone Weil

"Desde la más tierna infancia y hasta la tumba hay, en el fondo del corazón de todo ser humano, algo que, a pesar de toda la experiencia de los crímenes cometidos, sufridos y observados, espera invenciblemente que se le haga el bien y no el mal. Ante todo es eso lo que es sagrado en cualquier ser humano. El bien es la única fuente de lo sagrado. Únicamente es sagrado el bien y lo que está relacionado con el bien.
Esa parte profunda, infantil, del corazón, que espera siempre el bien, no es la que está en juego en la reivindicación. El niño que vigila celosamente si a su hermano le han dado un trozo de pastel un poco más grande que a él cede a un móvil que proviene de una parte mucho más superficial del alma. La palabra justicia tiene dos significados muy diferentes, que tienen relación con esas dos partes del alma. Solo la primera importa.
Cada vez que surge, desde el fondo del corazón humano, el lamento infantil que Cristo mismo no pudo contener: “¿Por qué se me hace daño?”, hay ciertamente injusticia. Pues si, tal como sucede a menudo, tan solo es el efecto de un error, entonces la injusticia consiste en la insuficiencia de la explicación.(...)
En los que han sufrido demasiados golpes, como los esclavos, esa parte del corazón a la que el mal infligido hace gritar de sorpresa parece muerta. Pero jamás lo está del todo. Tan solo es que ya no puede gritar. Se mantiene en un estado de gemido sordo e ininterrumpido. Pero incluso en quienes el poder del grito está intacto, ese grito no consigue expresarse hacia dentro ni hacia fuera con palabras seguidas. Lo que sucede habitualmente es que las palabras que intentan traducirlo suenan completamente falsas.
Ello es tanto más inevitable cuanto que aquellos que más a menudo tienen ocasión de sentir que se les hace un daño son los que menos saben hablar. Nada más horroroso, por ejemplo, que ver en un tribunal a un desgraciado balbucear ante un magistrado que lanza ocurrencias graciosas en un lenguaje elegante. "

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"La desgracia en sí misma es inarticulada. Los desgraciados suplican silenciosamente que se les proporcione palabras para expresarse. Hay épocas en las que no se les concede. Hay otras en las que se les proporciona palabras, pero mal escogidas, ya que quienes las escogen son ajenos a la desgracia que interpretan. Muy a menudo están lejos de la desgracia por el lugar en el que les han puesto las circunstancias. Pero incluso si están cerca, o si se la han encontrado dentro de un período de sus vidas, incluso reciente, no obstante son ajenos porque se han vuelto ajenos tan pronto como han podido. Al pensamiento le repugna pensar la desgracia tanto como a la carne viva le repugna la muerte. La ofrenda voluntaria de un ciervo avanzando paso a paso para ofrecerse a los dientes de una jauría es posible más o menos en el mismo grado en que lo es un acto de atención dirigido hacia una desgracia real, y  muy próxima, por parte de un espíritu que tiene la facultad de dispensárselo.
Lo que, siendo indispensable para el bien, es imposible por naturaleza, siempre es posible sobrenaturalmente.
El bien sobrenatural no es una especie de suplemento del bien natural, aunque, con la ayuda de Aristóteles, se nos quiera convencer de tal cosa  para nuestra mayor comodidad. Sería agradable que así fuera, pero no lo es. En todos los problemas punzantes de la existencia humana, solo hay elección entre el bien sobrenatural y el mal. Poner en boca de los desdichados palabras que pertenecen a la región mediana de los valores, tales como democracia, derecho o persona, es hacerles un obsequio que no es susceptible de aportarles ningún bien y que les causa inevitablemente mucho mal.
Esas nociones no tienen su lugar en el cielo, están suspendidas en el aire y, por esta misma razón, son incapaces de morder la tierra.
Sólo la luz que cae continuamente del cielo le proporciona a un árbol la energía que hunde profundamente en la tierra las poderosas raíces. En verdad, el árbol está enraizado en el cielo.
Sólo lo que viene del cielo es susceptible de imprimir realmente una marca sobre la tierra."

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"Si se quiere amar eficazmente a los desdichados, basta con poner en sus bocas palabras cuya morada propia se encuentra en el cielo, en el otro mundo. No hay que temer que sea imposible. La desdicha dispone al alma a recibir ávidamente, a beber todo lo que viene de ese lugar. Son los proveedores y no los consumidores los que faltan para este tipo de producto.
El criterio para la elección de las palabras es fácil de reconocer y emplear. Los desdichados, sumergidos en el mal, aspiran al bien. Sólo hay que darles palabras que expresen únicamente el bien, el bien en estado puro.
Diferenciarlas es fácil. Las palabras a las que se les puede añadir algo que designe un mal son ajenas al bien puro. Se expresa una reprobación cuando se dice: “Pone por delante su persona”. La persona es, por tanto, ajena al bien. Se puede hablar de un abuso de la democracia. La democracia es, por tanto, ajena al bien. La posesión de un derecho implica la posibilidad de hacer con él un buen uso o un mal uso. El derecho es, por tanto, ajeno al bien. Por el contrario, cumplir con una obligación es un bien, en todas partes. La verdad, la belleza, la justicia, la compasión son bienes siempre, en todas partes. Para estar seguro de que se dice lo que hay que decir, cuando de las aspiraciones de los desdichados se trata, basta con limitarse a las palabras y a las frases que expresan siempre, en todas partes, en todas las circunstancias, tan sólo un bien.
Es uno de los dos únicos servicios que se les puede hacer con las palabras. El otro consiste en encontrar palabras que expresen la verdad de su desdicha; palabras que, por medio de las circunstancias exteriores, hagan perceptible el grito que siempre se lanza rodeado de silencio: “¿Por qué se me hace daño?”.

Para ello no deben confiar en hombres de talento, personalidades, celebridades, ni siquiera en hombres geniales en el sentido en el que normalmente se emplea la palabra genio, cuyo uso se confunde con el de talento. Solo pueden confiar en genios de primer orden, el poeta de la Ilíada, Esquilo, Sófocles, Shakespeare, tal como era cuando escribió Lear, Racine tal como era cuando escribió Fedra. No es que sean muchos.
Pero hay cantidad de seres humanos que, habiendo sido mal o mediocremente dotados por la naturaleza y pareciendo infinitamente inferiores no solo a Homero, Esquilo, Sófocles, Shakespeare, sino también a Virgilio, Corneille o Hugo, sin embargo, viven en el reino de los bienes impersonales en el que estos últimos no han penetrado. El más simple idiota del pueblo, en el sentido literal de la palabra, que ame realmente la verdad, aun cuando tan solo emitiera algunos balbuceos, es por el pensamiento infinitamente superior a Aristóteles. Está infinitamente más próximo a Platón de lo que Aristóteles lo haya estado nunca. Tiene genio, mientras que a Aristóteles sólo le conviene la palabra talento... El amor a la verdad siempre se ve acompañado de humildad. El genio real no es sino la virtud sobrenatural de la humildad en el ámbito del pensamiento.

En lugar de alentar el florecimiento de talentos, como se proponía en 1789, hay que querer y resguardar con un tierno respeto el crecimiento del genio, pues sólo los héroes realmente puros, los santos y los genios pueden socorrer a los desventurados.
Entre ambos, la gente de talento, de inteligencia, de energía, de carácter, de fuerte personalidad hacen pantalla e impiden la ayuda. No hay que hacer ningún mal a la pantalla, pero suavemente hay que echarla a un lado, intentando que se dé cuenta lo menos posible. Y hay que romper la pantalla mucho más peligrosa de lo colectivo, suprimiendo toda esa parte de nuestras instituciones y nuestras costumbres en la que habite una forma cualquiera del espíritu de partido. Ni las personalidades ni los partidos conceden jamás audiencia a la verdad ni a la desgracia.
Hay alianza natural entre la verdad y la desgracia, porque una y otra son suplicantes mudos, eternamente condenados a permanecer sin voz ante nosotros.
Del mismo modo que un vagabundo, acusado ante el tribunal por haber cogido una zanahoria de un campo, está plantado ante el juez que, cómodamente sentado, desgrana elegantemente preguntas, comentarios y bromas, mientras que el otro consigue apenas balbucear, así también está plantada la verdad ante una inteligencia ocupada en establecer elegantemente opiniones. "

Simone WeilEscritos de Londres y últimas cartas .
http://www.institutosimoneweil.net/index.php?option=com_content&view=article&id=397:simone-weil-la-persona-y-lo-sagrado&catid=53:simone-weil&Itemid=73

10 julio 2013

...y la ley moral en mí (o: "Si la luz que hay en ti es oscuridad, ¡qué oscuridad habrá! ")- y 3.

Y para terminar con estos apuntes nazi-kantianos -y pido perdón por si alguien se ha sentido ofendido- aquí tenéis esta entrevista a Michel Onfray, el autor de El sueño de Eichmann, un kantiano entre en los nazis. El problema para Onfray estriba en la subordinación de la moralidad privada a la legalidad pública. Kant es el filósofo de la obediencia, dice, y toda filosofía política que no deja lugar a la desobediencia, al hecho de distinguir entre legalidad y moralidad, es una filosofía peligrosa. De ahí que la ética kantiana no pueda tomarse aisladamente y deba ser reconsiderada a la luz de su filosofía jurídica y política. De todos modos, para descender al caso práctico y a la aterradora extrapolación a la situación de los judíos en el Tercer Reich, lo mejor es que lo oigáis:


Y ahora volvemos al Kant de Respuesta a la pregunta:¿Qué es la Ilustración?, y a su querido Federico II el Grande, déspota e ilustrado, cuya máxima de gobierno era aquel desvergonzado Razonad todo lo que queráis y sobre lo que queráis pero obedeced, y después podéis seguir extrapolando:

“Un príncipe que no encuentra indigno de sí declarar que sostiene como deber no prescribir nada a los hombres en cuestiones de religión, sino que los deja en plena libertad y que, por tanto, rechaza al altivo nombre de tolerancia, es un príncipe ilustrado, y merece que el mundo y la posteridad lo ensalce con agradecimiento. Al menos desde el gobierno, fue el primero en sacar al género humano de la minoría de edad, dejando a cada uno en libertad para que se sirva de la propia razón en todo lo que concierne a cuestiones de conciencia moral”. 
Y sigue:“Si se nos preguntara ¿vivimos ahora en una época ilustrada? responderíamos que no, pero sí en una época de ilustración. Todavía falta mucho para que la totalidad de los hombres, en su actual condición, sean capaces o estén en posición de servirse bien y con seguridad del propio entendimiento, sin acudir a extraña conducción”.
 
Ya vemos que aunque "todavía falte mucho" -y siga faltando siempre- para que el hombre esté en posición de servirse con seguridad del propio entendimiento, Kant se congratula de que haya sido declarado mayor de edad y libre en cuestiones de religión y conciencia moral. La conducción extraña -y en exclusiva, sin trabas-  del "todavía incapaz"  por parte del Estado no parece preocuparle. Y su plena libertad en cuestiones de conciencia moral,  pese a "su actual condición", que es a lo que vamos, tampoco.

Y a lo que vamos es a que el problema de Eichmann, íntimamente convencido de las bondades del Reich, de la necesidad de librarlo de sus adversarios y de la moralidad de sus actos cuando su trabajo consistía, primero,  en impulsar y facilitar la emigración de los judíos,  y después en organizar los sistemas de deportación y transporte masivo, no fue un problema de conflicto entre moral privada y legalidad pública, o sólo lo fue en los últimos momentos, cuando sus proyectos para darles un territorio o "poner suelo bajo sus pies"  (en Madagascar,  o en Palestina, a donde facilitó la emigración de los primeros miles de asentados e incluso llegó a viajar como invitado de honor) quedaron definitivamente cancelados . El conflicto --rápidamente resuelto por otra parte  recurriendo al criterio de autoridad: ¿quién era él para oponerse cuando todos los importantes estaban de acuerdo?--  sólo surgió cuando, en 1942, en la conferencia de Wannsee, se acordó el exterminio físico de los judíos, la Solución Final.

El problema de Eichmann no es que fuera un infeliz burócrata cumplidor de la ley, una "banal" ruedecita de un sistema criminal, aunque de hecho lo fuera. El problema del íntegro y kantiano Eichmann, y de ningún modo católico, contra lo que se deja caer en la película sobre Hannah Arendt de M.von Trotta (En Jerusalén -habla Arendt- Eichmann declaró que era un Gottgläubiger, palabra con que los nazis designaban a aquellos que se habían apartado de la doctrina cristiana, y se negó a jurar ante la Biblia), es el de la Razón Práctica, es el de la Razón convertida en instancia moral absoluta: una razón además de práctica, pura: der reinen praktischen Vernunft (y no deja de ser llamativa esa obsesión por la pureza, por la limpieza, por lo rein, que tan extraño le es al hombre, tanto en Kant como en los nazis: der reinen Vernunft, das Reich Judenrein, die Reinigung der Rasse... todo siempre rein). Su problema es el de la carencia de unas normas objetivas, no formales, no manipulables, no dadas por sí mismo: esas "banderas negras" de las que le hablaban sus juzgadores, el "yo eso no puedo hacerlo" que busca y no encuenta Arendt por ningún lado. Su problema es el de la mudez de esas normas que se encuentran inscritas en la conciencia de todos los hombres y que suenan más claras cuanto menos se dedican a la autolegislación universal, las únicas que en los momentos críticos, momentos de arrasamiento de todo lo humano y para empezar de la tan cacareada "autonomía", lo pueden sostener.

Y la cuestión aquí, la que ni Arendt ni Onfray se plantean, muy partidarios los dos de las leyes que el hombre se da a sí mismo en el libre ejercicio de su razón, sería la de si el mal puede cometerse no tanto por la falta de reflexión, no tanto por la falta de razón autónoma, que esa es la tesis que Arendt sostiene hasta el final, sino por su hipertrofia. No fueron generalmente filósofos los que resistieron (ahí está el gran Heidegger), fue gente sencilla y nada kantiana en su mayor parte, como los dos campesinos que menciona Arendt, gente con sus diez mandamientos bien aprendidos, esos de los que conviene librarse para poder obedecer mejor al Federico, al Adolfo o al Iósif de turno. La cuestión no planteada es la de la capacidad de la razón, no la pura sino la de cada uno, limitada, interesada, siempre juez y parte, para distinguir el bien y el mal, y la del amordazamiento de la conciencia, esta sí particular y a la vez universal (que ese es el gran quebradero de cabeza de Kant) y heterónoma de toda heteronomía (Kant, naturalmente, no ignora que existe la conciencia, ese "tribunal interior", das Gewissen als innerer Gerichtshof. Un tribunal que, convertido en simple policía del imperativo categórico, queda sin voz, como quedó sin voz el de Eichmann que sólo le recriminaba sus excepciones piadosas). La cuestión aquí sería la de si la moralidad, y la resistencia moral tan necesaria y difícil en situaciones críticas, dependerá menos de la razón que se da argumentos y leyes a sí misma, y más de la escucha, escucha que es siempre la de lo Otro -y esa es su fuerza, su solidez y su garantía- en uno.

¿Y cómo no recordar ahora las palabras de Donoso, tan recalcitrantes, tan contracorriente, tan "kikirikí" y, sin embargo, tan anticipadoras: "Su orgullo ha dicho al hombre de estos tiempos dos cosas, y ambas se las ha creído: que no tiene lunar y que no necesita de Dios  (...)  que no hay otro mal sino aquel que la razón entiende que es mal, ni otro pecado que aquel que la razón nos dice que es pe­cado.." o bien:  "La legitimidad de la razón son dos palabras, de las cuales la última designa el sujeto y la primera el atributo; yo niego el atributo y el sujeto..."?

Y, sobre todo, cómo no volver a leer con asombro las palabras del Génesis, ahí desde el principio, esas palabras que Spinoza entiende no como una prohibición arbitraria y  muestra de autoridad, sino como un aviso, muestra de paternal inquietud: "De todo árbol del huerto podrás comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que de él comieres ciertamente morirás" (Gen 2,16-17). Casi las mismas que escucha Moisés en el Sinaí cuando su pueblo, cansado de desierto, empezaba a ofuscarse: "Porque estos mandamientos que yo te prescribo hoy no son superiores a tus fuerzas ni están fuera de tu alcance... No están en el cielo... Ni están al otro lado del mar... Sino que la palabra está bien cerca de ti, está en tu boca y en tu corazón para que la pongas en práctica... Pero si tu corazón se desvía y no escuchas...yo os declaro que pereceréis sin remedio... Te pongo delante vida o muerte, bendición o maldición. Escoge la vida, para que vivas tú y tu descendencia..." (Deut. 30, 11-20).

Es así precisamente, como el reino de la muerte, como describe Eichmann, víctima a la vez que verdugo, aquellos tiempos oscuros. Y aquí os dejo, y terminamos, con este pasaje de Hannah Arendt, y en él los trucos, la perversidad, las manipulaciones de la inteligencia, los camuflajes -que no la banalidad- del mal, y muerte, muerte, muerte:

"Lo que se grababa en las mentes de aquellos hombres que se habían convertido en asesinos era la simple idea de estar dedicados a una tarea histórica, grandiosa, única («una gran misión que se realiza una sola vez en dos mil años»), que, en consecuencia, constituía una pesada carga. Esto último tiene gran importancia, ya que los asesinos no eran sádicos, ni tampoco homicidas por naturaleza, y los jefes hacían un esfuerzo sistemático para eliminar de las organizaciones a aquellos que experimentaban un placer físico al cumplir con su misión... De ahí que el problema radicara, no tanto en dormir su conciencia, como en eliminar la piedad meramente instintiva que todo hombre normal experimenta ante el espectáculo del sufrimiento físico. El truco utilizado por Himmler —quien, al parecer, padecía muy fuertemente los efectos de aquellas reacciones instintivas— era muy simple y probablemente muy eficaz. Consistía en invertir la dirección de estos instintos, o sea, en dirigirlos hacia el propio sujeto activo. Por esto, los asesinos, en vez de decir: «¡Qué horrible es lo que hago a los demás!», decían: «¡Qué horribles espectáculos tengo que contemplar en el cumplimiento de mi deber, cuán dura es mi misión!». El hecho de que Eichmann recordara mal las ingeniosas frases de Himmler quizá sea un indicio de que existían otros medios más eficaces para resolver los problemas de conciencia. Entre todos ellos destacaba, como Hitler había previsto certeramente, el simple hecho de la guerra. Eichmann repitió una y otra vez la existencia de «una actitud personal diferente» con respecto a la muerte «cuando uno ve muertos en todas partes», y cuando todos esperaban con indiferencia la propia muerte: «No nos importaba morir hoy o morir mañana, y, en ocasiones, maldecíamos el amanecer que nos pillaba todavía vivos.» "

El problema de Eichmann, querida Hannah Arendt, no era de "simple irreflexión" o de "incapacidad de pensar por sí mismo". De intelecto, reflexiones y razones él y todos estaban bien servidos. Su problema no era de cabeza, sino de corazón, y de ausencia de vasos comunicantes entre uno y otra. Es decir, de estricta moral kantiana: La razón, pura, blindada y campando a sus anchas; las inclinaciones naturales y los sentimientos, impuros, proscritos; la voluntad, sometida; la conciencia, falseada. Kant definía la santidad como la concordancia perfecta entre la voluntad y las leyes de la razón práctica: Lástima que Eichmann en una ocasión se apiadó y saltándose las normas fue en socorro de sus amigos. De no haber cedido, para Kant  sería santo.

Decía Péguy que el kantismo tiene las manos limpias pero no tiene manos. Y tenía razón, el kantismo no las tiene, pero los kantianos sí, ése es el problema.
 
Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén. Un estudio acerca de la banalidad del mal. Edit.Lumen, 2003, traducc. Carlos Ribalta. [http://fadeweb.uncoma.edu.ar/carreras/materiasenelweb/abogacia/teoria_del_derecho_II/fichas/Arendt, Hannah - Eichmann en Jerusalen.pdf ]

04 julio 2013

...y la ley moral en mí (o entre Kant y Eichmann) -2.

Estábamos en que Hannah Arendt,  la pensadora preocupada por comprender las causas de aquel "colapso moral generalizado", la  que a lo largo del proceso en el que Eichmann fue condenado a muerte, se esfuerza admirablemente por entender su mundo interior rechazando la fácil etiqueta de "monstruo", la que se pregunta por la conciencia del hombre sentado en el banquillo y, de paso,  por la de todos los que por activa o por pasiva o por voz media tuvieron parte en aquellos actos aberrantes, la  independiente y crítica Arendt , llegada al punto del interrogatorio en el que el acusado se declara obediente a los principios de la moral kantiana,  da un respingo y se dice: por ahí no paso.  A renglón seguido,  aun admitiendo con displicencia que la definición del imperativo categórico que da el acusado no está del todo mal, Hannah Arendt decide rápidamente que Eichmann es  incapaz de reflexionar y pensar por sí mismo (cuando "atrévete a servirte de tu propio entendimiento" es la obligación elemental de cualquier kantiano) y que, por lo tanto, no pasa de ser una boutade que no merece consideración:

"Esta afirmación resultaba simplemente indignante, y también incomprensible, ya que la filosofía moral de Kant está tan estrechamente unidad a la facultad humana de juzgar que elimina en absoluto la obediencia ciega. El policía que interrogó a Eichmann no le pidió explicaciones, pero el juez Raveh, impulsado por la curiosidad o bien por la indignación ante el hecho de que Eichmann se atreviera a invocar a Kant para justificar sus crímenes, decidió interrogar al acusado sobre este punto. Ante la general sorpresa, Eichmann dio una definición aproximadamente correcta del imperativo categórico: "Con mis palabras acerca de Kant quise decir que el principio de mi voluntad debe ser tal que pueda devenir el principio de las leyes generales".

Y  sigue insistiendo en demostrar las limitaciones intelectuales y la  falta de categoría kantiana del acusado:  "Tanto al escribir sus memorias en Argentina o en Jerusalén, como al hablar con el policía que le interrogó o con el tribunal, siempre dijo lo mismo, expresado con las mismas palabras. Cuanto más se le escuchaba, más evidente era que su incapacidad para hablar iba estrechamente unida a su incapacidad para pensar, particularmente, para pensar desde el punto de vista de otra persona. No era posible establecer comunicación con él, no porque mintiera, sino porque estaba rodeado por la más segura de las protecciones contra las palabras y la presencia de otros, y por ende contra la realidad como tal." [¿contra la realidad como tal, esa masa caótica e inaccesible previamente abolida por su admirado Kant? ¿rodeado por la más segura de las protecciones, como debe estarlo la Razón Práctica, absolutamente estanca, frente a las inclinaciones, la experiencia, las costumbres o la sensibilidad?]

La cuestión, sin embargo, es que Eichmann, no es sólo que hubiera leído La Crítica de la Razón Práctica como le dijo al juez,  es  que era kantianio hasta el tuétano. Lo inquietante es que, efectivamente,  era un hombre  de estricta moralidad kantiana que saltaba a la vista en cada gesto, como cuando, de modo incomprensible para Arendt,  parecía tirar piedras contra su propio tejado renunciando a ganarse el favor del jurado o a servirse de hechos probados que habrían podido beneficiarle. Un ejemplar íntegramente kantiano que, contra las pretensiones de su abogado de presentarlo como un mero ejecutor de órdenes, insistía en que él cumplía con su deber,  un kantiano ejemplar  pasmosamente veraz en todas sus manifestaciones, sobre todo en las que, curiosamente, Arendt tiende a ridiculizar y descalificar como frases hechas, estupideces absurdas,  o simples mentiras:

"Las cosas eran tal como eran, así era la nueva ley común, basada en las órdenes del Führer; cualquier cosa que Eichmann hiciera la hacía, al menos así lo creía, en su condición de ciudadano fiel cumplidor de la ley. Tal como dijo una y otra vez a la policía y al tribunal, él cumplía con su deber; no solo obedecía órdenes, sino que también obedecía la ley."
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"Eichmann no quiso ser uno de aquellos que, luego, pretendieron que «siempre habían sido contrarios a aquel estado de cosas», pero que, en realidad, cumplieron con toda diligencia las órdenes recibidas. (...) Lo hecho, hecho estaba. Eso ni siquiera intentó negarlo. (...) Eichmann no quiso expresar arrepentimiento, porque «el arrepentimiento es cosa de niños» (¡sic!). Pese a los insistentes consejos de su abogado, Eichmann no alteró su tesitura. Durante el debate sobre la oferta, formulada por Himmler en 1944, de trocar un millón de judíos por diez mil camiones, y sobre la intervención que en ello tuvo el acusado, se formuló a este la siguiente pregunta: «¿En las negociaciones que el acusado sostuvo con sus superiores, expresó sentimientos de piedad hacia los judíos, y señaló la posibilidad de prestarles cierta ayuda?». Eichmann contestó: «He jurado decir la verdad, y la diré. No fue la piedad lo que me indujo a iniciar estas negociaciones ». No, no dijo Eichmann la verdad en esta contestación, por cuanto no fue él quien «inició» las negociaciones" ( ¡Sic!, habría que decir también de Hannah Arendt, porque ¿se trata acaso de quién inició o dejó de iniciar, o es de piedad de lo que se habla? )
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"Durante el juicio, Eichmann intentó aclarar, sin resultados positivos, el segundo punto base de su defensa: «Inocente, en el sentido en que se formula la acusación». Según la acusación, Eichmann no solo había actuado consciente y voluntariamente, lo cual él no negó, sino impulsado por motivos innobles, y con pleno conocimiento de la naturaleza criminal de sus actos. En cuanto a los motivos innobles, Eichmann tenía la plena certeza de que él no era lo que se llama un innerer Schweinehund, es decir, un canalla en lo más profundo de su corazón; y en cuanto al problema de conciencia, Eichmann recordaba perfectamente que hubiera llevado un peso en ella en el caso de que no hubiese cumplido las órdenes recibidas, las órdenes de enviar a la muerte a millones de hombres, mujeres y niños, con la mayor diligencia y meticulosidad. Evidentemente, resulta difícil creerlo. Seis psiquiatras habían certificado que Eichmann era un hombre «normal». «Más normal que yo, tras pasar por el trance de examinarle», se dijo que había exclamado uno de ellos. Y otro consideró que los rasgos psicológicos de Eichmann, su actitud hacia su esposa, hijos, padre y madre, hermanos, hermanas y amigos, era «no solo normal, sino ejemplar»
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Aunque lo verdaderamente sorprendente, mucho más que la correcta definición por parte de Eichmann del imperativo categórico,  es que la reflexiva Hannah Arendt, que tenía delante de los ojos el  problema y posiblemente la respuesta a muchas de sus preguntas, es más: que se lo estaban diciendo, pasara de puntillas sobre el asunto y decidiera, en este caso, no escuchar. ¿Quizá porque, de haber escuchado, desde el momento en el que Kant saltó al estrado, el proceso a Eichmann habría tenido que convertirse en un proceso conjunto al kantismo? ¿Quizá porque eso era algo a lo que no estaba dispuesta?  Lo sorprendente -¿o no tanto?- es que se negara a plantearse la posibilidad siquiera de que en esas maravillosas leyes universales enunciadas por una Razón Pura Práctica a la que nadie ha visto, quepa finalmente cualquier cosa, incluso las universalísimas  leyes dictadas por la Razón Práctica asentada en el señor Eichmann,  perfectamente consonantes con las del Tercer Reich:
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"Pero nadie le creyó. El fiscal no le creyó por razones profesionales, es decir, porque su deber era no creerle. La defensa hizo caso omiso de estas declaraciones porque, a diferencia de su cliente, no estaba interesada en problemas de conciencia. Y los jueces tampoco le creyeron, porque eran demasiado honestos, o quizá estaban demasiado convencidos de los conceptos que forman la base de su ministerio [afortunadamente nada kantianos: por ejemplo le recordaban el precepto sagrado de no matar], para admitir que una persona «normal», que no era un débil mental, ni un cínico, ni un doctrinario, fuese totalmente incapaz de distinguir el bien del mal. Los jueces prefirieron concluir, basándose en ocasionales falsedades del acusado, que se encontraban ante un embustero, y con ello no abordaron la mayor dificultad moral, e incluso jurídica, del caso. [y Hannah Arendt, que cuando no lo llama estúpido lo llama payaso, por lo que se ve,  tampoco]

"En consecuencia, siempre que los jueces, en el curso del interrogatorio, intentaban apelar a su conciencia, se encontraban con su «satisfacción» y se sentían indignados y desconcertados al darse cuenta de que el acusado tenía a su disposición un cliché de «satisfacción» para cada período de su vida y para cada una de sus actividades."
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Y aqui os dejo, para terminar, un par de párrafos espeluznantes, como éste tan tremendo en el que Arendt se dedica simplemente a ironizar sobre ese concepto de "idealismo" en el que no cabe el hombre de negocios, obviando el tema. Un tema , el del idealismo, que ella, estudiosa de los totalitarismos de toda especie, sabe que es fundamental, pero que aquí, con el nombre de Kant flotando por la sala, da la impresión de eludir:
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" Sus primeros contactos personales con agentes judíos, todos ellos conocidos sionistas desde antiguo, fueron plenamente satisfactorios. Eichmann explicó que la razón en cuya virtud quedó fascinado por «el problema judío» fue, precisamente , su propio «idealismo». Estos judíos, a diferencia de los «asimilacionistas», a quienes siempre despreció, y a diferencia también de los judíos ortodoxos, que le aburrían, eran «idealistas », igual que él. Según Eichmann, un «idealista» no era simplemente un hombre que creyera en una idea, o alguien que no aceptara el soborno, o no se alzara con los fondos públicos, aun cuando estas cualidades debían forzosamente concurrir en los «idealistas». Para Eichmann, el «idealista» era el hombre que vivía para su idea —en consecuencia, un hombre de negocios no podía ser un «idealista»— y que estaba pronto a sacrificar cualquier cosa en aras de su idea, es decir, un hombre dispuesto a sacrificarlo todo, y a sacrificar a todos, por su idea. Cuando, en el curso del interrogatorio policial, dijo que habría enviado a la muerte a su propio padre, caso de que se lo hubieran ordenado, no pretendía solamente resaltar hasta qué punto estaba obligado a obedecer las órdenes que se le daban, y hasta qué punto las cumplía a gusto, sino que también quiso indicar el gran «idealista» que él era. Igual que el resto de los humanos, el perfecto idealista tenía también sus sentimientos personales y experimentaba sus propias emociones, pero, a diferencia de aquellos, jamás permitía que obstaculizaran su actuación, en el caso de que contradijeran la «idea». El más grande idealista que Eichmann tuvo ocasión de tratar entre los judíos fue el doctor Rudolf Kastner (...) con quien acordó que él -Eichmann- permitiría la «ilegal» partida de unos cuantos miles de judíos a Palestina (los trenes en que se fueron iban protegidos por policías alemanes), todos ellos personas destacadas y miembros de las organizaciones sionistas juveniles, a cambio de que hubiera «paz y orden» en los campos de concentración desde los cuales cientos de miles de judíos fueron enviados a Auschwitz. (...) A juicio de Eichmann, el doctor Kastner había sacrificado a sus hermanos de raza en aras a su «idea», tal como debía ser."
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O este, no menos espeluznante y perfecto ejemplo de rigorismo moral kantiano, en el que Hannah Arendt, por una vez, concede en parte:
"Sea cual sea la importancia que haya tenido Kant en la formación de la mentalidad del «hombre sin importancia» alemán, no cabe la menor duda de que, en un aspecto, Eichmann siguió verdaderamente los preceptos kantianos: una ley era una ley, y no cabían excepciones. En Jerusalén, Eichmann reconoció haber hecho dos excepciones. Durante aquel período en que cada alemán, de los ochenta millones que formaban la población, tenía su «judío decente», Eichmann prestó ayuda a un primo suyo medio judío y a un matrimonio judío de Viena, en cuyo favor había intercedido su tío. Incluso en Jerusalén, estas desviaciones le hacían sentirse un tanto descontento de sí mismo, y cuando en el curso de las repreguntas le interrogaron al respecto, Eichmann adoptó una actitud de franco arrepentimiento y dijo que había «confesado sus pecados» a sus superiores. Esta impersonal actitud en el cumplimiento de sus asesinos deberes condenó a Eichmann ante sus jueces, mucho más que cualquier otra cosa, lo cual es muy comprensible, pero según él esto era precisamente lo que le justificaba, tal como anteriormente había sido lo que acalló el último eco de la voz de su conciencia. No, no hacía excepciones. Y esto demostraba que «siempre había actuado contra sus inclinaciones», fuesen sentimentales, fuesen interesadas. En todo caso, él siempre cumplió con su deber."
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Y a la próxima termino con Michel Onfray. De verdad, porque  esto -el libro de Arendt ( imprescindible con todo  y tremendamente revelador) más la sombra alargada de Kant- es un descenso a todos los infiernos terrenales que me tiene alterado el equilibrio mental. M. Onfray, autor de El sueño de Eichmann. Un kantiano entre los nazis, es uno de los pocos filósofos, o contrafilósofo como se autodenomina, que le pone los puntos sobre las íes al intocable.  No del todo, porque Onfray, libertario, hedonista y ateo militante, se centra exclusivamente en la distinción entre moral privada y moral pública en Kant, pero algo es:  Kant necesita ser releído, dice,  Kant es peligroso.

Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén. Un estudio acerca de la banalidad del mal. Edit.Lumen, 2003, traducc. Carlos Ribalta.
[O aquí completo: http://fadeweb.uncoma.edu.ar/carreras/materiasenelweb/abogacia/teoria_del_derecho_II/fichas/Arendt, Hannah - Eichmann en Jerusalen.pdf  ]

01 julio 2013

...y la ley moral en mí (o el escándalo de Hannah Arendt) -1.

Bueno, vamos con doña Hannah Arendt y su admirado, su intocable Kant, el del giro copernicano, el del Sapere aude (atrévete a saber) que nos sacará de la minoría de edad culpable, el que cierra la Crítica de la razón -pura- práctica con aquel sublime der bestirnte Himmel über mir und das moralische Gesetz in mir (el cielo estrellado sobre mí y la Ley moral en mí).

Muy bonito, desde luego, el cielo estrellado sobre todo, pero ¿de qué ley hablamos? ¿y de qué "en mí"?

Pues resulta que hablamos de la ley moral que el hombre se da a sí mismo, es decir, de una moral  autónoma (la autonomía es, pues, el fundamento de la dignidad de la naturaleza humana y de toda naturaleza racional). Y hablamos de una moral que se funda en el mandato incondicional y absoluto de la razón,  que ése es  el "en mí" puro,  libre de las bajezas del "en mí" sospechoso, bajezas como el interés, las inclinaciones naturales, el deseo de felicidad, el sentimiento de placer, o la experiencia (Nada se hallará más pernicioso e indigno de un filósofo que la plebeya apelación a una supuesta experiencia en contra). Hablamos  de una moral que descansa en el obrar por el deber, para la que la conducta sólo es moral cuando la mueve el deber, y hablamos finalmente de una moral formal, sin contenidos o valores determinados,  pero que ofrece al hombre la regla infalible para discernir lo bueno y lo malo: "obra de modo que la máxima de tu voluntad pueda siempre valer como principio de una legislación universal". Resumiendo, hablamos de una moral que es imperativa y de un imperativo que es categórico, que no admite ni condiciones (ni "si...") ni objeciones (ni "pero...") y que blinda a la razón, garante absoluto de la moralidad, frente a la inclinación, subjetiva, relativa y, en suma, despreciable. Y todo esto es muy importante, porque la piedad, por ejemplo, o la compasión, o el malestar ante el dolor causado, quedan de ese lado de la inclinación y la arbitrariedad  que se tacha de un plumazo: "Nada hay que esperar de la inclinación del hombre, sino todo de la suprema fuerza de la ley y del debido respeto a ella".

La ética kantiana ha sido largamente criticada desde el propio campo filosófico y desde el mero y bendito sentido común: B.Constant la acusa de hacer imposible la vida social, Hegel de apriorismo, Schopenhauer de logicismo y de ser más ineficaz que una jeringa para apagar un incendio, Nietzsche de crueldad, Scheler y Hartmann de falta del elemento esencial de la moral que es su contenido material, Péguy de tener las manos limpias pero no tener manos... De todas ellas, quizá la crítica más conocida, en este caso al rigorismo, es la del epigrama de Schiller: "Gustoso vine en ayuda de mis amigos, lástima que lo hice por inclinación y me recome el escrúpulo de que no fui virtuoso. No me queda más remedio que despreciarlos y hacer con asco lo que manda el deber".  Un epigrama que parecería menos simpático y más terrible si, diciendo lo mismo en el fondo, comenzara de esta otra forma: "con disgusto ignoré  las súplicas de mis amigos, suerte que vencí la inclinación y fui virtuoso. No me queda más remedio que etc."

Con todo, a Kant se le sigue considerando la más alta cumbre del pensamiento moral occidental, el esfuerzo más loable por fundamentar racionalmente la conducta moral, por entregar a los hombres "el claro y sencillo compas" con el que discernir el bien y el mal. No hay Departamento de Filosofía, ni filósofo diría, que no tenga un altarcito para Kant. Hasta los más renuentes luchan con él como Jacob con su ángel. No se sale de Kant indemne. Aunque se le abandone por la fenomenología como Hannah Arendt, o por el raciovitalismo como Ortega, la fascinación y las secuelas perduran: ahí está, por ejemplo, el "pensar esencialmente es transformar" de Ortega, o el escándalo de Hannah Arendt cuando, enviada por el New Yorker en 1961 para cubrir el proceso de Eichmann, detenido en Argentina y conducido a Jerusalén para ser juzgado -o para ser ejecutado como se desprende del informe de Arendt-, le escucha decir que toda su vida, que todos sus actos,  se han regido por los principios de la moral kantiana (*)

¿Cómo es posible? ¿Kant en boca de un asesino de masas? Y doña Hannah, que durante todo el proceso hace gala de una objetividad, una falta de prejuicios,  un deseo de comprender y una capacidad de reconstruir el escenario social y moral que hizo posible todo aquel horror dignos de la mayor admiración, ahí frena en seco y simplemente se escandaliza, se indigna,  y concluye que Eichmann, de quien poco antes ha dicho que no era nada tonto, es una mente limitada incapaz de entender a Kant.

(Continuará, que ya va muy largo)

* Hannah Arendt, Eichmann y el Holocausto, Edit.Taurus-Great Ideas, sept.2012, traducc.Carlos Ribalta (aunque el librito, hecho a base de extractos, no respeta la estructura en capítulos y al final resulta más tocho que la obra completa. Tampoco recoge los pasajes kantianos)
* El libro completo, editado por Lumen  en traducción, asimismo, de Carlos Ribalta,  podéis leerlo aquí:
http://fadeweb.uncoma.edu.ar/carreras/materiasenelweb/abogacia/teoria_del_derecho_II/fichas/Arendt, Hannah - Eichmann en Jerusalen.pdf

14 junio 2013

y el verde verde limón. Camoens.


Mientras consigo arrancar con doña Hannah Arendt, que no me veo con ánimos, aquí os dejo un entremés poético-musical.

Se trata de un poemita de Camoens al que puso música el portugués José Afonso, el autor de la famosa Grândola, vila morena de la revolución de los claveles.

La canción, y el poema, los descubrí un verano de hará unos diez años en un CD de oferta, de esos de tres por dos duros. Era un disco de música portuguesa de una tal Teresa Silva Carvalho; lo cogí porque tenía algún fado y más que nada por completar los tres, y  fue un acierto redondo, me pasé todo el verano oyéndola. Ahora, cada vez que veo un campo verde, o la foto de un campo verde,  como las de esos paisajes por los que se perece Ángel Ruiz, parece que la oigo de fondo: "Verdes são os campos, de cor de limão...". Así se veía, por ejemplo, esta mañana el Retiro desde el autobús, lavado por las lluvias de los últimos días y de cor de limão.

El poema de Camoens, con esos paralelismos de intensidad creciente, desde la semejanza hasta la identificación, es una maravilla de las que no se olvidan : desde los campos verdes como unos ojos, o las ovejas que se alimentan de yerbas como el poeta se alimenta de recuerdos... hasta los versos finales en los que los ojos de la amada lo inundan todo. Una preciosidad de poema, más simple imposible -unas ovejas que pastan, un hombre que rumia recuerdos, unas yerbas, un color y unos ojos-,  sobre el poder transformador, transubstanciador cabría decir, del amor: ... eso que coméis no son yerbas, no...

[Y será porque tengo a doña Hannah revolviendo en la trastienda con su Kant-oh Kant, pero bien mirado, o aunque sea mal mirado, Camoens en este poema parece adelantarse a Kant. En vez de nóumenos, fenómenos y categorías, tenemos prados, yerbas verdes y  ojos color de limón. Y en vez de la razón pura, la fuerza configuradora del amor. En el fondo es lo mismo sólo que más real, más cordial y mucho más hermoso. Los filósofos en  su mayor parte son poetas que hablan raro, poetas enrevesados, no se les debía tomar de otro modo.]

Aquí va el poema, y a continuación Teresa Silva Carvalho (en el video, demasiado verde no es que haya, al campo se le ve un poco reseco, pero así el poema se refuerza: bastan los recuerdos para teñirlo de verde.  En la última imagen en vez de una oveja sale un gato, de eso ya no sé qué decir). Lo mejor es que la oigáis cantar :

Verdes são os campos. Luís Vaz de Camões (1524-1580)

Verdes são os campos,
De cor de limão:
Assim são os olhos
Do meu coração.

Campo, que te estendes
Com verdura bela;
Ovelhas, que nela
Vosso pasto tendes,
De ervas vos mantendes
Que traz o Verão,
E eu das lembranças
Do meu coração.

Gados que pasceis
Com contentamento,
Vosso mantimento
Não no entendereis;
Isso que comeis
Não são ervas, não:
São graças dos olhos
Do meu coração.



https://www.youtube.com/watch?v=RlevIRdf4NM

08 junio 2013

Yambos para caminar: Der Wanderer. Georg Philipp Schmidt- Schubert


Ya metida en harina de yambos y  poemas alemanes, aquí os traigo otro clásico,  éste con música incorporada. Si en la anterior entrada los yambos acompañaban, a golpe de rueca, el hilar de la nostalgia femenina, ahora marcan el  paso del caminar masculino. Las hilanderas, ya se sabe, son mujeres, mientras que los caminantes, al menos los alemanes, son hombres. 

El poema, original de G.P.Schmidt von Lübeck (1766-1849) y titulado  "Des Fremdlings Abendlied" , algo así como "canción vespertina (no hay que confundir un Abendlied y un Nachtlied) del forastero", se hizo célebre gracias a Schubert, quien tras reducirlo y cambiarlo un poco lo utilizó como tema de su Lied "Der Wanderer" (D.493). Como poema es bastante mejor el original, sobre todo porque Schubert  elimina  las notas crepusculares y lo convierte en un poema diurno (dice por ejemplo que el valle humea -dampfen es echar vapor, como un caldero o un animal furioso- y que brama el mar, donde el poeta de Lübeck nos dibuja el mar y el valle a la luz del ocaso), y porque al recortar los versos que insisten en el extrañamiento, en la lejanía (so fern, so fern...), le da un aire más activo, más caminante, pero también más desesperado, más trágico. Sin embargo la música, ah, la música: las variaciones de tono siguiendo el texto: tremendo al principio, ligero y casi alegre al describir la tierra soñada,  resignado y sobrecogedor al final...  Y esos desgarrados Wo?, Wo bist du?...

Es verdad que el romanticismo no está de moda y que el poema,  tanto en el original como en  la versión de Schubert, es todo un repertorio de tópicos románticos, no le  faltan ni Heimweh (nostalgia, morriña), ni Sehnsucht (anhelos), ni Leidenschaft (sentimiento de desdicha), ni sobre todo Weltschmerz (desencanto, desengaño del mundo), pero lo que es innegable es que es bellísimo y, con todo, conmovedor y auténtico. Auténtico y susceptible de  lecturas, o escuchas,  varias. Basta decir comptentus mundi en lugar de Weltschmerz, o cambiar un valle por otro valle,  o fijarse en esa patria anhelada que hablará nuestro idioma (no en la que hablaremos nuestros idiomas) y en la que nuestros muertos volverán a levantarse, para que deje de parecer un producto típicamente romántico y se convierta en un poema  intemporal.  Incluso el verso final, casi un lema del romanticismo  -"en todos los climas, bajo todos los cielos, la felicidad siempre está en otra parte" decía ya Leopardi-,  ¿no encierra acaso una verdad eterna?  Y se me viene a la cabeza, sin ir más lejos, nuestro Julián Marías, bien poco sospechoso de romanticismo y dedicando todo un libro a "la felicidad, imposible necesario",  para decirnos, finalmente, lo mismo que decía Leopardi,  lo mismo que le dice al caminante el viento.

Aquí os dejo la versión de Schubert (con una traducción meramente informativa),  para leer marcando el paso: papum-papum-papum.... Un poco más abajo podéis escuchar el Lied en la voz de D.Fischer-Dieskau. Cuentan que habitualmente, al terminar de cantarlo, el público permanecía silencioso, incapaz de reaccionar. A continuación, si os apetece, podéis cantarlo vosotros mismos con el acompañamiento de lujo del inolvidable Gulda:


Ich komme vom Gebirge her,                         Vengo de las montañas,
Es dampft das Tal, es braust das Meer.           El valle humea y ruge el mar.
Ich wandle still, bin wenig froh,                     Camino silencioso, poco alegre,
Und immer fragt der Seufzer, wo?                  Y mi suspiro  pregunta sin cesar ¿dónde?

Die Sonne dünkt mich hier so kalt,                 El sol aquí parece tan frío,
Die Blüte welk, das Leben alt,                        las flores marchitas, la vida gastada,
Und was sie reden, leerer Schall;                    Todo cuanto dicen, sonidos huecos;
Ich bin ein Fremdling überall.                         Soy un extraño en todas partes.

Wo bist du, mein geliebtes Land?                 ¿Dónde estás, mi amada patria, 
Gesucht, geahnt, und nie gekannt!                  Buscada, anhelada y nunca hallada?
Das Land, das Land so hoffnungsgrün,          La patria, patria de mis verdes esperanzas,
Das Land, wo meine Rosen blühn.                 Patria en la que mis rosas florecen.

Wo meine Freunde wandelnd gehn,               Aquella en la que mis amigos pasean
Wo meine Toten auferstehn,                           En la que mis muertos resucitan
Das Land, das meine Sprache spricht,            La patria que habla mi lengua,
O Land, wo bist du? . . .                                  Oh, patria, ¿dónde estás?...

Ich wandle still, bin wenig froh,                     Camino silencioso,  poco alegre,         
Und immer fragt der Seufzer, wo?                  Y mi suspiro no deja de preguntar ¿dónde?
Im Geisterhauch tönt's mir zurück:                  El susurro del viento me devuelve la respuesta:
"Dort, wo du nicht bist, dort ist das Glück."    "Donde tú no estás, allí está la dicha"





02 junio 2013

Devanarse los sesos: Canción nocturna de la hilandera. Brentano


Me contaba una amiga que hay un youtube en el que una psicóloga, terapeuta o así pregunta a la concurrencia cuánto pesa el vaso con agua que sostiene en la mano. La concurrencia piensa: ah, esto ya nos lo sabemos, es lo del vaso medio lleno o medio vacío, pero ella sigue empeñada en que le digan cuánto pesa, si 200 o 300 gramos. Al final lo que pretende explicar es que el peso del vaso está en relación con el tiempo que pasamos sosteniéndolo: a la media hora la mano empieza a aborrecer el vaso, una hora después el vaso pesa una tonelada y se convierte en una pesadilla. Lo mismo con los problemas, concluye. Me lo contaba a propósito de lo que nos comemos el coco las mujeres, del mundo que hacemos de cualquier problema, de las vueltas que les damos,  de que no sabemos desconectar : si quedamos para charlar seguimos dándole al tema, si vemos una película inmediatamente la relacionamos con el tema, con el tema nos levantamos y con el tema nos acostamos...  Y sí, somos así, machaconas, plastas.

Me quedé dándole vueltas, cómo no, a lo de las vueltas que le damos a todo y a esa expresión tan nuestra, la de "devanarse los sesos", y  me acordé de un poema de Clemens Brentano, el mismo Brentano que acabó escribiendo humildemente al dictado de Ana Catalina Emmerich, la vidente de Dülmen  llagada en cama y analfabeta que le contaba a Brentano, con precisión de arqueólogo, cómo eran las calles y las casas y los frutos amarillos de los árboles en Éfeso, cuando san Juan se trasladó allí con la Virgen.

El poema, un clásico y para mi gusto uno de los más bonitos de la lengua alemana, se titula "Der Spinnerin Nachtlied" (canción nocturna, o nocturno de la hilandera), y no hay muestra más viva ni más perfecta de ese girar femenino en torno a un tema -tan  característicamente femenino como el trabajo de hilar-,  por el ritmo de los versos, por el run-rún machacón de los yambos que recuerda el del pedal de la rueca, por las  rimas abrazadas, sólo dos y siempre las mismas  que se repiten y alternan, por las ideas que aparecen y reaparecen con ligerísimas variaciones, trazando círculos como la rueda: ruiseñor, juntos, cantar, llorar, luna, sola, ruiseñor,  juntos, luna, sola, cantar, llorar...  El tema es el del amado ausente, pero el hilo, ese hilo del pensamiento,  ese run-rún  y vuelta y vuelta... es la mujer. No paramos la rueda, no soltamos el vaso.

[Dejo la traducción al lado, no muy allá y sólo para aclarar de qué va, pero el poema hay que leerlo, y sobre todo oírlo, en alemán, marcando el golpe de  pedal: tatán,tatán, tatán... ]
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Es sang vor langen Jahren                           Cantaba hace muchos años 
Wohl auch die Nachtigall;                           también el ruiseñor;
Das war wohl ßer Schall,                         era mucho más dulce su sonido
Da wir zusammen waren.                            cuando estábamos juntos.

Ich sing und kann nicht weinen                     Yo canto y no puedo llorar,               
Und spinne so allein                                     y así estoy  hilando sola
Den Faden klar und rein,                             el hilo claro y limpio,
Solang der Mond wird scheinen.                  siempre que la luna brilla.

Da wir zusammen waren,                             Cuando estábamos juntos,                   
Da sang die Nachtigall;                                 cantaba el ruiseñor;
Nun mahnet mich ihr Schall,                          permanece conmigo su sonido
Daß du von mir gefahren.                              ahora que tú me has dejado.

So oft der Mond mag scheinen,                    Siempre que la luna brilla ,
Gedenk ich dein allein;                                  sola, pienso en ti;
Mein Herz ist klar und rein,                           está mi corazón claro y limpio, 
Gott wolle uns vereinen!                               quiera Dios volver a unirnos.

Seit du von mir gefahren,                               Desde que tú me dejaste,
Singt stets die Nachtigall;                               no ha dejado de cantar el ruiseñor;
Ich denk bei ihrem Schall,                              oyendo su sonido pienso
Wie wir zusammen waren.                             en cómo estábamos juntos.

Gott wolle uns vereinen,                                 Quiera Dios volver a unirnos,
Hier spinn ich so allein;                                   aquí estoy hilando sola;
Der Mond scheint klar und rein,                      la luna brilla clara y limpia,
Ich sing und möchte weinen!                            canto y querría  llorar.

Der Spinnerin Nachtlied. Clemens Brentano (1788-1842)




26 mayo 2013

Ley de gracia y amor. Fray Luis de León

   Acabo de encontrarme un amabilísimo comentario a una entrada antigua de Fray Luis (gracias, V) y al ir a contestarlo me aparece archivado este texto. Lo tenía guardadito en un borrador para cuando me viera capaz de hincarle el diente. Sigo sin verme, pero no quiero dejarlo por ahí perdido.
    Sólo mirad cómo resuelve, sin terminachos y así como si nada, con qué sencillez, con qué belleza,  tanto los planteamientos éticos intelectualistas como los rigoristas (tanto los de corte socrático -el conocimiento del bien basta para hacernos buenos- como los kantianos, y no sólo kantianos, del deber por el deber). 
   No sé qué os parecerá a vosotros, yo es que digo Fray Luis de León y quedo muda de maravillamiento:
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"... así hay dos diferencias de leyes: la primera es de aquellas leyes que hablan con el entendimiento y le dan luz en lo que, conforme a razón, se debe o hacer o no hacer, y le enseñan lo que ha de seguir en las obras, y lo que ha de excusar en ellas mismas; la segunda es la de la ley, no que alumbra el entendimiento, sino que aficiona la voluntad imprimiendo en ella inclinación y apetito de aquello que merece ser apetecido por bueno, y, por el contrario, engendrándole aborrecimiento de las cosas torpes y malas. La primera ley consiste en mandamientos y reglas; la segunda, en una salud y cualidad celestial, que sana la voluntad y repara en ella el gusto bueno perdido, y no sólo la sujeta, sino la amista y reconcilia con la razón; y, como dicen de los buenos amigos, que tienen un no querer y querer, así hace que lo que la verdad dice en el entendimiento que es bueno, la voluntad aficionadamente lo ame por tal. [...]

La primera se llama ley de mandamientos, porque toda ella es mandar y vedar. La segunda es dicha ley de gracia y de amor, porque no nos dice que hagamos esto o aquello, sino hácenos que amemos aquello mismo que debemos hacer. Aquélla es pesada y áspera porque condena por malo lo que la voluntad corrompida apetece por bueno; y así, hace que se encuentren el entendimiento y la voluntad entre sí, de donde se enciende en nosotros mismos una guerra mortal de contradicción. Mas ésta es dulcísima por extremo, porque nos hace amar lo que nos manda, o, por mejor decir, porque el plantar e ingerir en nosotros el deseo y la afición a lo bueno, es el mismo mandarlo; y porque, aficionándonos y, como si dijésemos, haciéndonos enamorados de lo que manda, por esa manera, y no de otra, nos manda. Aquélla es imperfecta, porque a causa de la contradicción que despierta, ella por sí no puede ser perfectamente cumplida, y así no hace perfecto a ninguno. ... Aquélla hace temerosos, ésta amadores. Y, como prosigue San Agustín largamente en los libros De la letra y del espíritu, poniendo siempre sus pisadas en lo que dejó hollado San Pablo, aquélla es perecedera, ésta es eterna; aquélla hace esclavos, ésta es propia de hijos. .. Aquélla pone en servidumbre, ésta es honra y libertad verdadera.

Y la gobernación y las leyes, ¿quién las desechará como duras, siendo leyes de amor, quiero decir, tan blandas leyes que el mandar no es otra cosa sino hacer amar lo que se manda?"


Fray Luis de León, Los Nombres de Cristo.

22 mayo 2013

Que parece casa sin dueño. Fray Luis de León


Un poco más del Libro de Job. Porque, al igual que entonces y  al igual que siempre, pasan cosas tan descomunales y bárbaras entre nosotros, y es tan grande la confusión y desorden......

(Cap.XXXI. Exposición)
 14."...Mas es de advertir, que donde decimos quando se levantare Dios à juicio, el original solamente dice, quando Dios se levantare: y en decir la Escritura que se levanta Dios es decir que viene a juzgar. Porque à la verdad à los que en esta vida de tiniebla vivimos, parécenos que duerme Dios, y que está caído su vando, en cuanto no ejercita su justicia: porque pasan cosas tan descomunales y bárbaras entre nosotros, y es tan grande la confusión y desorden, que parece casa sin dueño à los que no alumbra la fe, o que si lo tiene, que no advierte lo que pasa, y que duerme. Que como nuestra vista corta,  y nuestro ánimo angosto no alcanza ni comprehende muchas cosas, à que Dios tiene atención en lo que permite que pase, ni vé los fines grandes que en todo mira, ni los bienes que saca de hechos perdidos y malos, ni los muchos efectos buenos à que quiere que sirva una cosa mala que consiente se haga, lo qual todo aquella soberana Majestad conoce y ordena, templa y endereza con admirable consejo; parecenos, porque no envía luego sobre el malo sus rayos, que tiene descuido, ò que no mira, presos los ojos con sueño. Pues respecto de la imaginación de la carne, que imagina a Dios olvidado y caído, dice la Escritura, que se levantará Dios, quando ejercitáre en el juicio justicia. Porque si levantarse es mostrarse, y salir à luz lo que estaba escondido; los malos, cuyos ojos y deseos nunca miraron à Dios, le conocerán entonces para su miseria descubierto y clarísimo. Y si es  levantarse tomar brío, y mostrar fuerza; será no vencible con la que en aquel día convencerá à los pecadores de su culpa, y los sujetará à pena perpetua. Y si levantarse es declararse por superior à los otros; en aquel día lo rebelde todo, la alteza y soberbia del mundo, las torres de la vana excelencia, sus máquinas, sus consejos, sus mañas, su sér, su poder, sujeto à sus pies [se verá], y quedará él solo alto, y todo lo demás humillado y rendido. Ansí que debidamente es dicho, levantarse Dios, quando juzga. Y Job dice con grande razón, y pregunta, lo que responder pudiera en aquel dia al Juez..."
Exposición del Libro de Job. Obra posthuma del Padre Maestro Fr. Luis de Leon, de la Orden de N.P.S. Agustin. Cathedratico de Escritura en la Universidad de Salamanca. Reproducción digital basada en la de Madrid, en la Imprenta de Pedro Marín, 1779. Pag 392-393.
http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/exposicion-del-libro-de-job--5/html/

19 mayo 2013

El pestañear de la aurora. Fray Luis de León

Para la asociación de Amigos de la Aurora (A.A.), con agradecimiento a su insigne y amable fundador, una aportacioncilla que me encontré hace unos días y espero que le guste (si es que no la conoce ya, que es hombre de mucho saber).
Está en el Capítulo 3 del Libro de Job. Un libro sobrecogedor, y más aún desmenuzado por Fray Luis de León directamente del hebreo: más pegado a la tierra, más concreto y detallista, por eso más tremendo, por lo mismo más hermoso.
Empieza Fray Luis traduciendo a lengua vulgar la Vulgata latina, que ya es una maravilla: ...expectet lucem et non videat, nec ortum surgentis aurorae..., para pasar a comentar después, casi palabra por palabra, el texto hebreo, y ¡zas!, ahí, como desperezándose legañosa después de una noche larga, aparece la aurora con su pestañeo:
(Capítulo III. Exposición) 9. " Dice más adelante: Entenebrezcanse las estrellas de su noche; espere luz, y no, y no vea alboradas de la mañana. Dice: Fuera tan noche aquella noche, y tan tenebrosa y obscura, que perdieran su luz las estrellas; las cuales, no solamente lucen con la noche, mas, cuando la noche es muy escura, suelen ellas más lucir. Y ansí declara la fuerza de su afecto y de su dolor justo con el encarecido exceso de lo que pide. (...)
Esperara luz, y no, es razón cortada, y hase de añadir y no vea la luz. Que es decir y desear: quedara sepultada aquella noche en tinieblas eternas, esto es, que nunca fuera. Y lo mismo es por otra manera: Y no vea alboradas de mañana. Y no vea, esto es, y nunca viera. Lo que dice alboradas, en el original, o es pestañas o aquel movimiento que hacen las pestañas y los ojos cuando se mueven aprisa; que es semejante a lo que hace el cuerpo del sol, o los resplandores de luz, que parece bullen en él, si alguno ha mirado en ello, cuando por el oriente amanece, que es como abrir las pestañas la mañana. Y ansí podremos decir: Y no vea el pestañear de la mañana."

Y buscando después en Google "pestañas-mañana-Job", esto es lo que me encuentro en el Comentario exegético y explicativo de la Biblia , de un tal Jamieson Fausett Brown:
"v.9.- parpados de la mañana: el alba. Los poetas árabes llamaban al sol el ojo del día. Sus primeros rayos, pues, que fulguraban antes de salir el sol, eran los párpados o pestañas de la mañana."
Y es estupendo lo del ojo del día ¿pero "párpados o pestañas"? Yo no tengo ni idea de hebreo y bien que lo lamento, no sé si los párpados y las pestañas comparten consonantes, comparten raíz o comparten simplemente el ojo, pero Fray Luis en cada renglón es Fray Luis y él no duda: párpados tiene la noche; pestañas, mejor aún: pestañeo, la primera luz de la mañana.


Exposición del Libro de Job. Obra posthuma del Padre Maestro Fr. Luis de Leon, de la Orden de N.P.S. Agustin. Cathedratico de Escritura en la Universidad de Salamanca. Reproducción digital basada en la de Madrid, en la Imprenta de Pedro Marín, 1779. Pag 37-38.
http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/exposicion-del-libro-de-job--5/html/

16 mayo 2013

Un hermano pequeño que ha perdido los zapatos


Hoy os traigo un vídeo al que que no sé ni cómo he llegado. Muy simpático, muy ameno y divertido, y al final de llorar y no parar.  O igual es sólo cosa mía,  puede ser.

Se trata de una charla magistral de Benjamin Zander, director de orquesta de la Filarmónica de Boston, a propósito de esa música que decimos clásica. Va hablando, entre anécdotas y bromas,  de la capacidad evocadora de la música, de su poder para desanudar los nudos emocionales más prietos (una buena explicación de ese extraño fenómeno, el de que una música triste nos ofrezca consuelo en vez de más tristeza),  de la supuesta falta de oído de los que, sin embargo, identifican a la primera -es un poner- la voz de su madre al teléfono, del alejarse y del llegar a casa, y al final,  como sin venir a cuento y saltando de la música a las palabras, de la influencia en los demás, para bien y para mal, de todo lo que sale de nuestra boca:  de la posibilidad  (o  la responsabilidad)   de hacer brillar los ojos de los que nos rodean;  de la posibilidad (o la responsabilidad) de no lastimar.
Sólo entonces, al final, entiendes  lo que desde el primer momento  te ha estado diciendo sobre la música:  hacer brillar los ojos, no herir...

Si fuéramos capaces de tenerlo presente. Si supiéramos vernos unos a otros así, como niños sin zapatos camino de la muerte con los que hablamos por última vez. En el fondo, camino de la muerte vamos todos y, si no sin zapatos, sí que vamos por lo general bastante desastrados. Si supiera, si no lo olvidara...
Si dejáramos de lastimarnos, si nuestras palabras pudieran imitar a la música: la que sugiere, la que no se impone, la que siempre da la nota justa, la que acompaña, la que anima y consuela, la que nunca ofende. Si pudiera, si no lo olvidara...

Si... Si tenéis prisa y os parece cansino ver al señor Zander haciendo el indio, podéis abreviar  (aunque sería como saltarse el primer tempo, porque la charleta tiene forma de pieza musical) y pasar directamente al nudo y desenlace, más o menos a partir del minuto 15 o 16: